miércoles, 1 de enero de 2014

Cuando "Sepan cuantos..." conquistó el territorio Kindle

La editorial mexicana Porrúa ha comenzado recientemente a volcar su mítica colección "Sepan cuantos..." al formato de e-books Kindle, la famosa plataforma de Amazon.

Bautizada en 1959 por Alfonso Reyes, la colección (o serie) "Sepan cuantos..." se caracteriza por ser un referente en la divulgación de la literatura universal y también por ser una de las iniciativas privadas de mayor calado en el proceso de alfabetización y educación en la segunda mitad del siglo XX en México. Su importancia es de tal envergadura, que por intenciones y resultados puede compararse con la célebre colección de los "clásicos verdes", aquella que José Vasconcelos impulsó al frente de la recién creada Secretaría de Educación Pública en los años veinte. Por supuesto, el proyecto de Vasconcelos fue, finalmente, de unos cuantos volúmenes; Porrúa, por su parte, cuenta con un catálogo de más de 700 y contando.

Los bajos precios de sus títulos y la amplitud de su catálogo le han asegurado una presencia continua en los sistemas de educación básica, media y superior, proporcionándole así un mercado permanente y en constante crecimiento. Adicionalmente, el reconocimiento y la participación (con prólogos o introducciones) de algunos importantes intelectuales y académicos le ha garantizado a la colección una fiabilidad y un prestigio de los que no goza ninguna otra empresa editorial privada con características similares. (Ese es el caso, por ejemplo, de Editores Mexicanos Unidos, cuyo prestigio entre esnobs y enterados es nulo, pero cuyas ediciones de El principito, de Antonie de Saint-Exúpery, o de Los cuentos de la selva, de Horacio Quiroga, son un verdadero tesoro para los lectores pobres en México, que los hay, y a pesar de la inútil Red de Bibliotecas Públicas.)

De esta manera, su presencia en la plataforma de Amazon le da una proyección todavía mayor: la del mundo hispánico. Si la colección "Sepan cuantos..." llegara a publicarse en su integridad y a mantenerse actualizada en la plataforma Kindle, podría competir con la legión de editoriales peninsulares que hacen algo parecido pero para un público eminentemente español (aunque sus ventas sean predominantemente hispanoamericanas): DeBolsillo, Cátedra, Alianza o Acantilado, entre las más notables.   

Hay que decir que entre las razones que permiten los precios accesibles que caracterizan a "Sepan cuantos..." se encuentran algunos hábitos que son, por lo menos, cuestionables.

Dejando de lado el descuido y el desparpajo del propio quehacer editorial (situación que hace desaconsejable el uso de estas ediciones para el estudio filológico de cualquier clásico hispánico) o la mala calidad del papel y la impresión, se puede hablar de la recurrente práctica de editar textos libres de derecho de autor sin proporcionar los créditos correspondientes. El incauto lector podría abrir las páginas de, pongamos por caso, la Poética de Aristóteles y no saber que la agradable aunque ardua prosa del texto se explica porque es una traducción peninsular del siglo XVIII. Si, como afirmó alguna vez José Emilio Pacheco, cada generación debe contar con sus propias traducciones de los textos clásicos, hay ocasiones en los que el lector de "Sepan cuantos..." dialoga con los contemporáneos del siglo XVIII o el siglo XIX.   

Otra razón que juega en contra de la fiabilidad de "Sepan cuantos..." es, paradójicamente, la participación de importantes intelectuales y académicos del siglo XX. Quizá porque el editor quiere explotar indefinidamente un prólogo de Francisco Montes de Oca o Arturo Souto Alabarce, o tal vez porque no le interesa actualizarlos, las obras de esta colección se reimprimen una y otra vez con textos preliminares de los años sesenta o setenta, transmitiendo información que quizá en la actualidad ya ha sido matizada, corregida, aumentada o refutada, sin contar con que en cuarenta años debe haber existido por lo menos una nueva interpretación audaz que podría interesar al lector curioso. Además, seamos sinceros, no es lo mismo leer un prólogo de Sergio Pitol que uno de Souto Alabarce. Los del primero se recopilan en antologías; los del segundo duermen el sueño de los justos.

Al margen de errores o procedimientos heterodoxos, la incursión de "Sepan cuantos..." en Kindle es un hecho que debe celebrarse. Las razones son dos.

La primera es que se trata de una iniciativa de divulgación que al trasladarse al formato digital amplía su campo de repercusión. Es verdad que los pobres de México no tienen Kindle, pero esta condición debería ser temporal. Entre otras razones porque la tendencia del sector editorial es cada día más clara: nos dirigimos a la convivencia entre los dos soportes, el del papel y el digital, y muy pronto será más barato comprar un lector digital que cinco libros impresos. Esto sin contar con que, en la actualidad, cualquier smartphone puede ser un soporte para la lectura de libros digitales. Si el libro es un artilugio de primera necesidad, pronto lo será también un soporte de lectura digital, sea o no un lector Kindle. Y las bibliotecas tendrán que garantizar la lectura a través de estos soportes.

La segunda es que a pesar de todos sus defectos y limitaciones, "Sepan cuantos..." es un contrapeso a la inundación del mercado editorial español en México. Un contrapeso accesible para el lector desinteresado que disfrute tanto con la prosa de Luis Segallá y Estalella como con la de Ignacio Manuel Altamirano o Emilia Pardo Bazán; para el lector que sepa que lo de menos es el soporte (puesto que está dispuesto, por presupuesto, obligación o elección, a leer un Porrúa, está claro que no le importa el soporte) y que lo de mayor importancia es el contenido, si no exacto (¡quién pudiera leer en ruso a Tolstói o en griego a Homero!) sí, por lo menos, aproximado.



Maldito Jeff Bezos; bendito Jeff Bezos.

El usuario (potencial o activo) de Kindle puede encontrar los títulos de "Sepan cuantos..." en este enlace. De nada.

viernes, 23 de agosto de 2013

Graham Greene en el país de la quinta frontera



Omar Torrijos, dictador caribeño de segunda fila…

Enrique Krauze

A finales de la década de los setenta y principios de la década de los ochenta, Graham Greene tuvo la oportunidad de visitar Panamá en distintas ocasiones.

Durante aquellos años, concretamente desde el golpe de Estado en octubre de 1968 y hasta la invasión estadounidense, en diciembre de 1989, Panamá fue un país gobernado por militares. Tras la instauración de la Junta Provisional de Gobierno, en 1968, una serie de vicisitudes y disensiones internas permitieron que el coronel y, más tarde, general Omar Torrijos Herrera se transformara en el hombre fuerte de lo que él mismo llamaba “la revolución”: un proceso de transformación política y social que tuvo como reclamo principal la devolución del Canal de Panamá y de la Zona del Canal, un espacio geográfico que partía por la mitad el territorio panameño y que era administrado íntegramente por Estados Unidos. Panamá, decía Torrijos, era el único país en el mundo con una quinta frontera.


Como era de esperar, la “revolución” pretendía ser todavía más: en términos amplios, un proyecto de desarrollo vinculado a las demandas populares. Así, si es verdad que ya en su momento se hablaba de una dictadura populista, también es verdad que había quienes veían el germen de algo que se acercaba a la socialdemocracia. Sea como fuere, Omar Torrijos gozaba de una inmensa popularidad entre sus conciudadanos, pero también de una fuerte aversión entre sus opositores.


En esos momentos Centroamérica es un espacio geográfico plagado de tensiones políticas y enfrentamientos violentos. En Nicaragua, el Frente Sandinista de Liberación Nacional se enfrentaba a la dictadura de Anastasio Somoza. En Guatemala se sucedían los golpes de Estado mientras Belice, el país vecino, le disputaba asuntos de soberanía territorial y pugnaba, al mismo tiempo, por obtener su independencia. En El Salvador se configuraban las condiciones que darían paso a la guerra civil de los años ochenta. Sólo Honduras y, por supuesto, Costa Rica gozaban de una relativa tranquilidad.


El resultado de los viajes de Greene a Panamá fue un libro publicado en 1984, Getting to Know the General. En él, Greene ofrece uno de los testimonios más íntimos sobre Omar Torrijos, aquel militar desenfadado que sabía cómo hablar a los campesinos porque fue hijo de profesores rurales y que había emprendido una colosal empresa en busca de la soberanía absoluta de su país: el desafío a los Estados Unidos mediante el reclamo del Canal de Panamá. Si la historia registró el hito del Tratado Torrijos-Carter, Greene, en cambio, habla del hombre que sueña reiteradamente con la muerte y que se prepara a emprender la guerra de guerrillas en caso de que Goliat no ceda a sus demandas.


Pero viajar a Panamá en los años en que lo hizo Greene no implica ver sólo lo que ocurre en Panamá. Así, en el transcurso de sus diversos viajes se entrevista con los guerrilleros sandinistas, visita a George Price (el artífice de la independencia de Belice), interviene en la liberación de dos banqueros ingleses secuestrados por guerrilleros salvadoreños e incluso, tras la muerte de Omar Torrijos, se presta para ser el mensaje de la continuidad del régimen panameño. (En Adiós muchachos, Sergio Ramírez dice que Graham Greene regresaba a Panamá después de la muerte de Torrijos porque tenía “un alma inocente”. Por desgracia, Getting to Know the General termina en 1983, y no es posible saber si Greene pensaba lo mismo al final de sus días.)


Algunos lectores de Getting to Know the General han sido completamente injustos con el libro, calificándolo de “intrascendente” o acusándolo sin ambages de cómplice con la dictadura por omisión de argumentos críticos. Estas opiniones resultan desconcertantes y es difícil saber qué era lo que esos lectores esperaban. Lo que queda claro es que se trata de un libro eximido de objetividad, pues no es ni un reportaje periodístico ni una biografía al uso, sino un simple y llano libro de memorias en el que es posible descubrir, en primer lugar, a los personajes centrales de ese ejercicio memorístico: Omar Torrijos y José de Jesús Martínez, “Chuchu”. Por supuesto, también está el propio Graham Greene. Al fondo, Centroamérica y Panamá en uno de esos momentos en que la historia ofrecía a sus protagonistas, según el propio Greene, sólo dos opciones: la vida o la muerte. Como se sabe por los hechos, Omar Torrijos eligió la vida, aunque fue vencido por la muerte. Quizá la misma con la que soñaba.


La historia editorial de este libro en su traducción al español ofrece pocos sobresaltos. Juan Villoro lo tradujo con el título El General para la colección Popular del Fondo de Cultura Económica en 1985 y, al parecer, se trata de una edición aún disponible. Ahora, casi treinta años después de su publicación original en inglés, Capitán Swing lo rescata con el título Descubriendo al General en un momento más que oportuno. No sólo porque en 2014 se cumplirá el primer centenario de la inauguración del Canal, en este caso en manos de los panameños, sino también porque la próxima celebración del VI Congreso Internacional de la Lengua Española pondrá a Panamá en el vértice de la atención del mundo hispánico.1 

De manera complementaria, la edición de Capitán Swing ofrece dos materiales adicionales sumamente interesantes.

El primero de ellos, y a manera de prólogo, es un reportaje del periodista Jon Lee Anderson realizado en 1999 para The New Yorker. Pese a su brevedad, “Carta desde Panamá: parcelas en venta con vistas al mar” es un documento imprescindible para comprender a grandes rasgos las condiciones económicas, políticas y sociales del país en la última década del siglo XX. Así, un par de meses después de que Mireya Moscoso asumiera la presidencia y en vísperas de la devolución absoluta del control del Canal, Anderson subrayaba las intenciones explícitas de la nueva administración: investigar y enjuiciar los actos de corrupción cometidos en la administración anterior, actos que, al parecer, fueron el sello distintivo de los gobernantes que la precedieron. Y hay más: un amplio desarrollo económico basado en el estímulo de la empresa privada y la urbanización desaforada; una frontera problemática, la región del Darién; la penetración del narcotráfico y, en consecuencia, el papel estratégico de las bases militares estadounidenses; la firme voluntad de atraer inversiones internacionales para hacer de Panamá la Suiza de Centroamérica, al margen de que esos inversores sean delincuentes urbanísticos (Juan Manuel “John” Rosillo) o ex presidentes acusados de robo en sus países de origen (tal era el caso, según Anderson, del guatemalteco Jorge Serrano Elías). [El Prólogo de la edición de Capitán Swing puede leerse aquí.]


El segundo material complementario es un dossier con tres testimonios de Gabriel García Márquez sobre Omar Torrijos y Graham Greene. Cada testimonio corresponde a tres momentos distintos. El primero de ellos, publicado originalmente en 1977, es una semblanza de Torrijos a propósito del Tratado Torrijos-Carter, firmado en Washington en septiembre del mismo año. Se trata de un texto definitivo en la configuración de la imagen pública de Torrijos y es evocado por sus simpatizantes reiteradamente. Entre otras razones porque en él García Márquez realiza la célebre comparación de Torrijos con “una mezcla de tigre y mula”: de tigre por su “instinto sobrenatural y la astucia certera”, de mula “por su obstinación”. Lo que esos mismos simpatizantes suelen olvidar es que García Márquez también habla de un defecto: “la naturalidad absoluta”, rasgo que impedía que se tomara completamente en serio a un personaje que engrosaba el listado de los dictadores folclóricos.


Finalmente, los dos textos adicionales (“Graham Greene: la ruleta rusa de la literatura” y “Mi amigo Graham Greene”) arrojan luz sobre el escritor británico: jugador de la ruleta rusa con suerte, buen bebedor, conocedor de Hispanoamérica, heredero literario de Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad y Henry James... De acuerdo con García Márquez, la habilidad de Greene para recrear atmósferas literarias fue un importante influjo para su obra, y aunque nunca le dieron el premio Nobel, entre otras razones porque los académicos lo consideraban poco serio, para el escritor colombiano Greene está en lista de los que no lo recibieron, que es todavía más interesante. [(1)“Omar Torrijos” puede leerse aquí. (2) “Graham Greene: la ruleta rusa de la literatura” puede leerse aquí. (3) “Mi amigo Graham Greene”: disponible sólo en papel.]


Hay un panameño al que no le gustó demasiado el libro de Graham Greene, pues vio en él “la imposición de una mirada imperial y británica”. A pesar de ello, se recomienda acompañar la lectura del libro con su música. El lector al que me refiero se llama Rubén Blades. Ahora bien, hay una segunda opción: la música de The Clash, sobre todo cuando surja la ominosa imagen de Noriega. Que el lector elija.



Envío

En 1989, a lo sumo 1990, por intermediación de Gabriel García Márquez y órdenes de Julio Scherer, el periodista mexicano Vicente Leñero tuvo la oportunidad de entrevistar a Graham Greene en su casa de Antibes, en la costa mediterránea francesa. El resultado fue una divertida crónica que recientemente se ha recopilado en el libro Más gente así (Alfaguara, 2013)¸ publicado en México. Puede leerse aquí, cortesía de la revista Proceso.


Descubriendo al General
Graham Greene. Descubriendo al General


lunes, 19 de noviembre de 2012

Hispanoamérica o el nuevo jardín de las Hespérides


Cuenta Sergio Ramírez que si José Martí nunca fue a Nicaragua, Nicaragua sí fue a José Martí.
Dicho encuentro habría ocurrido la primera y última vez que Martí y Rubén Darío pudieron verse, un 24 de mayo de 1893 en Hardman Hall, Nueva York. En esa ocasión quedó manifiesto un hecho incontrovertible para la posteridad literaria: que Martí era un maestro para Darío pero también, de alguna manera, un padre. “¡Hijo!”, exclama el poeta cubano al encontrarse “en un cuarto lleno de luz” con el poeta nicaragüense la noche de ese 24 de mayo. Inmediatamente después –prosigue Ramírez- tuvieron que separarse: Martí, involucrado en el movimiento revolucionario de la independencia de Cuba, continúa un periplo que lo conduce a Tampa, de ahí a Santo Domingo, prosigue a Puerto Príncipe y después a Costa Rica. Darío, por su parte, se embarca a Francia el 7 de junio. Nunca más volverían a verse. Dos años después, el 19 de mayo de 1895, Martí caería abatido en la Batalla de Dos Ríos. Darío, en Los raros, se lamenta: “pero ¡oh maestro!, ¿qué has hecho?”
El encuentro entre José Martí y Rubén Darío, narrado en “Hijo y padre, maestro y discípulo”, es uno de los tantos destellos recopilados en La manzana de oro. Ensayos sobre literatura de Sergio Ramírez. En esta antología hay, en primer lugar, una perspectiva privilegiada para observar de cerca a algunos de los protagonistas de la literatura hispanoamericana. La razón es que en las páginas del libro desfilan anécdotas y referencias puntuales a hechos que iluminan, y a veces engrandecen, a esos mismos protagonistas. Así, la evocación puede ceder su lugar al encuentro entre Martí y Darío, pero también puede conducir a una tarde con Luis Cardoza y Aragón en Coyoacán (“El río de la pasión”), a una visita a la Nicaragua revolucionaria con Julio Cortázar (“El Evangelio según Cortázar”), a una misteriosa reunión con Gabriel García Márquez en la que éste desvela las motivaciones de su próxima novela (“Nada llega a perderse”) o, finalmente, a una velada en la que un grupo de amigos –Carlos Fuentes, Álvaro Mutis, otra vez García Márquez- comenta cuáles son sus libros de cabecera, tararea boleros y recuerda versos o nombres de compositores de canciones populares (“De guapos de tiempos idos”).
Ahora bien, si Sergio Ramírez es uno de los autores más destacados de la literatura hispanoamericana, no es menos cierto que también es uno de los grandes conocedores de su tradición literaria. Al margen de su familiaridad con la literatura en general, Ramírez ha escrito algunos de los ensayos más lúcidos sobre importantes obras de la literatura hispanoamericana. En este sentido La manzana de oro reúne textos que han acompañado, como prólogo o como dossier, obras de Miguel Ángel Asturias (Mulata de tal), Pablo Neruda (Odas elementales y Otras odas), Juan Bosch (Cuentos completos), Augusto Roa Bastos (Hijo de hombre), Gabriel García Márquez (Cien años de soledad) y Carlos Fuentes (La región más transparenteLos años con Laura Díaz).
Precisamente el ensayo que da nombre a La manzana de oro es aquél en el que Sergio Ramírez analiza las implicaciones de La región más transparente en el contexto de la literatura hispanoamericana. Para el escritor nicaragüense, la novela de Fuentes es la respuesta al debate hispanoamericano que confrontaba tradición frente a modernidad en la primera mitad del siglo XX. Si el propio Fuentes dijo que Pedro Páramo era la manzana de oro del tema rural en la literatura hispanoamericana, y que a partir de Juan Rulfo era del todo imposible volver a tocar dicha manzana, Ramírez afirma que La región más transparente es la manzana de oro de la modernidad plasmada en la literatura, una modernidad en la que la naturaleza cede su lugar a la ciudad y en la que el ruralismo y el indigenismo académicos y asépticos, casi quirúrgicos, dan paso a lo urbano y su multiplicidad. En dicha realidad, lengua popular y lengua culta se entrelazan para proyectarse en una obra literaria que explora nuevas formas de expresión sin soslayar una búsqueda que hasta ese momento no ha dejado de ser prácticamente continental: la búsqueda de la identidad.
Pero si Sergio Ramírez es sobre todo escritor, no hay que perder de vista que también conoce el poder, el poder que se sufre y el poder que se ejerce. En el recorrido al que invita La manzana de oro es posible observar que, en realidad, el poder ha sido uno de los temas que más ha obsesionado a los escritores hispanoamericanos desde el siglo XIX, y que también ha sido un circunstancia que ha condicionado sus vidas y, por supuesto, sus acciones. Él mismo hace un recuento de la relación entre el intelectual y el poder, sin dejar de referir su experiencia personal como revolucionario sandinista, en “Cuaderno de encargos”.
Y aunque por convicción personal decidió dejar de ejercerlo, el poder no ha dejado de perseguirlo. Así quedó demostrado cuando el Instituto Nicaragüense de Cultura vetó el texto que prologaría una antología de Carlos Martínez Rivas, argumentando exclusividad en los derechos de publicación del poeta nicaragüense. La antología, originalmente pensada para la colección “Poesía para todos”, del diario El País de España, nunca fue publicada. Ahora, sin embargo, es posible leer el prólogo, “Horno al rojo vivo”, y percatarse de que las palabras de Sergio Ramírez a Carlos Martínez Rivas son las palabras de un amigo, a pesar de las marcas registradas y los derechos reservados.
Si Fuentes se refirió a Pedro Páramo como una manzana de oro, y Sergio Ramírez, parafraseándolo, se refirió a La región más transparente de la misma manera, leyendo La manzana de oro. Ensayos sobre literatura es posible afirmar que no hay una, ni dos, sino muchas manzanas de oro. En efecto: Hispanoamérica fue, en el siglo XX, el nuevo jardín de las Hespérides.


jueves, 9 de agosto de 2012

Del “efecto llamada” al “efecto patada”. El mal de la inmigración irregular en España


La viñeta de Peridis en El País del jueves 9 de agosto es sumamente elocuente. En ella, el trasunto de Mariano Rajoy sostiene el hacha de los recortes presupuestarios mientras se dirige a un grupo de inmigrantes diciéndoles que es más barato estar en casa que enfermarse en España. La respuesta, una acusación, desde luego, es que se trata ni más ni menos que del “efecto patada”, aunque “más patadas da el hambre”.

Mediante un simple juego de palabras, del “efecto llamada” al “efecto patada”, Peridis enlaza dos momentos clave en los últimos años en España: el rechazo del Partido Popular a la regularización masiva de inmigrantes durante la primera legislación de José Luis Rodríguez Zapatero en 2005 y la iniciativa de la actual administración de suspender la atención sanitaria a los inmigrantes irregulares en España a partir del 1 de septiembre. Las condiciones económicas del Estado español son diferentes en uno y otro momento, pero el discurso del Partido Popular siempre ha sido el mismo.

La VIII Legislatura de España en democracia, la primera de Rodríguez Zapatero como presidente del gobierno, se caracterizó por una serie de iniciativas que sin ningún tipo de duda pueden calificarse de ejemplares en el ámbito de los derechos laborales y sociales: incremento del salario mínimo interprofesional, matrimonio homosexual, igualdad de género y rechazo de la violencia doméstica, ley de dependencia y, por supuesto, regularización masiva de inmigrantes.

Como es lógico, la regularización masiva de inmigrantes tenía entre sus intenciones centrales beneficiar a la sociedad y al Estado españoles mediante la regularización laboral y, por lo tanto, el aumento en la contribución a la seguridad social y la erradicación de un importante sector de la economía informal. A pesar de ello, la oposición interpretó dicha iniciativa como un motivo para que España se convirtiera en receptor de oleadas masivas e incontroladas de inmigrantes irregulares que desquiciarían los servicios públicos, saturándolos y por lo tanto degradándolos.

Algunos de sus argumentos adicionales eran que dicha regularización contradecía las iniciativas del resto de los países europeos, que fomentaría la precariedad laboral pues el trabajador inmigrante aceptaría sueldos mucho más bajos que el trabajador local, que las mafias que trafican con personas se verían fortalecidas y que, en suma, era un gran disparate “legalizar” a personas que trabajaban de manera “ilegal”.

A pesar de todo, la iniciativa se llevó a cabo y fue calificada por la administración del PSOE como un éxito total. Era el momento del pleno empleo, y según el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en enero de 2005 la inmigración era la tercera de las preocupaciones más acuciantes del ciudadano promedio. El primer puesto lo ocupaba el desempleo, seguido del terrorismo.

En 2012 el panorama ha cambiado drásticamente. En un contexto de desempleo masivo, de quiebras bancarias, de precariedad laboral, de recortes del presupuesto público y de escandalosos antecedentes de corrupción, al ciudadano le sigue preocupando el desempleo, pero también “los problemas de índole económica”, “la clase política”, “la corrupción y el fraude”, “la sanidad” y “la educación” (Centro de Investigaciones Sociológicas, junio de 2012). En términos generales, aunque la inmigración sigue siendo una de las preocupaciones de los españoles, su ubicación en el séptimo lugar del barómetro del CIS la expulsa de la agenda nacional y la convierte en uno de esos males menores que no es necesario ni siquiera discutir.

A esto se unen los inquietantes datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) de los últimos meses: España comienza a perfilarse como un país de emigrantes y la prolongada depresión económica española desalienta la inmigración de ciudadanos no europeos. Salen más españoles, llegan menos inmigrantes, y las condiciones económicas y sociales en España de unos y otros colectivos se vuelven más precarias.

Es en este contexto donde el cartón de Peridis adquiere una magnitud inquietante. Sin que se advierta de manera explícita, la restricción de los servicios sanitarios a inmigrantes irregulares a partir del próximo 1 de septiembre es en realidad uno de los tantos pasos hacia el desmantelamiento parcial de los servicios sociales en España. El argumento principal sigue siendo de índole presupuestario: puesto que el servicio sanitario público es costoso, lo mejor es recortar en gastos superfluos. Es decir, en la atención sanitaria a personas que no son ciudadanas del Estado español, pues no sólo no residen legalmente sino que tampoco contribuyen a la seguridad social.

Acusado de llevar a cabo turismo sanitario o de emigrar por el simple y llano placer de hacerlo, el inmigrante que a partir del 1 de septiembre carezca de residencia legal en España podrá enfermar sin tener derecho a asistencia médica, con excepción, aseguran las autoridades sanitarias, de “situaciones de emergencia”. Para decirlo con todas sus palabras: una patada al inmigrante pero también una patada (otra) a los logros del bienestar español.

El hecho de que el colectivo inmigrante en España esté sumamente fragmentado y compuesto por un mosaico de personas con inquietudes e intereses disímbolos impide una reacción equiparable a la de los funcionarios públicos, colectivos sindicales o gremiales. Adicionalmente, el hecho de que la inmigración sea vista por el ciudadano promedio como un mal tolerable o, peor aún, de incumbencia sólo estatal, expulsa de manera definitiva el debate de los foros públicos y lo deja en manos de quien administra el Estado.

Si en los últimos años de la más reciente administración del PSOE se llevaban a cabo redadas y retenciones en lugares públicos teniendo como simple criterio la apariencia física del presunto inmigrante irregular (moreno, marcados rasgos no europeos), la administración del PP da un paso más allá y lleva a la práctica una iniciativa que no tiene por qué sorprender a nadie en la medida en que es coherente con sus postulados ideológicos.

La inmigración ilegal en España no es un tema sencillo y responde a una multitud de factores que escapan a las responsabilidades o posibilidades de este Estado. Precisamente por eso, autoridades y ciudadanos, españoles e inmigrantes, deberían discutirlo. Sobre todo en un momento como el actual.

miércoles, 25 de enero de 2012

El día de la muerte de Theo Angelopoulos

La nota periodística que leo en un boletín de Televisión Española es más bien escueta. Dice simplemente que Theo Angelopoulos acaba de morir en las afueras de Atenas. Su muerte, por lo demás, es absurda: una hemorragia cerebral a consecuencia de un atropello. El arma homicida: una motocicleta. El ejecutor: un policía fuera de servicio. No hay más datos. 

El magnífico autor de películas imprescindibles como El viaje de los comediantes, Paisaje en la niebla, La mirada de Ulises o La eternidad y un día merecía una muerte menos trivial, más (digamos) lírica. Pero no fue posible.

Puesto que ya contaba con 76 años uno esperaba que en cualquier momento saltara la nota impertinente diciendo algo así como "muere rodeado de su familia el cineasta griego que a través de su mirada logró escudriñar el tópico helénico del viaje y de la búsqueda a través de sí mismo y de la historia, la personal pero también la colectiva, la de Grecia y la de Europa del sur".

Por supuesto, pienso en el personaje universal de Ulises, pero también en los actores que recorren provincias y pueblos, en los niños que vagan por Europa buscando a su padre, en el poeta -Bruno Ganz- que sabe que va a morir y recorre su existencia crepuscular intentando acompañar en su existencia floreciente a un niño albanés que huye de fuerzas ominosas y tangibles, en el cineasta norteamericano -un supremo Harvey Keitel- que busca en la Sarajevo devastada una película que es al mismo tiempo un testimonio y una prueba de realidad.

Y pienso, también, en la música que acompañaba a esa imágenes: música popular, Jan Garbarek, la inefable Eleni Karaindrou...

En algún momento de La eternidad y un día, el personaje de Bruno Ganz (un actor a quien se debería evocar por estas películas) reflexiona que la muerte es algo que llega rápido y que después de ella no hay nada más que la oscuridad. Supongo que Theo Angelopoulos lo sabía porque había reflexionado sobre ello. Y ahora también nosotros lo sabemos, aunque sea por este trago amargo de su muerte imprevista.

Gracias, Theo. No creo que haya para ti mejor epitafío que las siguientes escenas, y la música, de una de tus mejores películas. Descansa en paz, dondequiera que estés ahora.