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martes, 30 de enero de 2018

El español como lengua global (y el liderazgo peninsular)

El español en 2017, según el Instituto Cervantes 


De acuerdo con el informe más reciente del Instituto Cervantes, El español: una lengua viva (2017), la lengua española es la lengua materna de más de 477 millones de personas. Si a esa cifra se añade el número de personas que cuenta con una competencia limitada en el uso del idioma o que está en proceso de aprendizaje, el número aumenta a más de 572 millones.

Las cifras continúan proporcionando datos relevantes. Para empezar,  que el español es la segunda lengua materna por número de hablantes a nivel mundial. Para seguir, que el porcentaje de la población que habla el español como lengua materna se incrementa, mientras que el porcentaje de quienes hablan el chino o el inglés como lengua materna disminuye. Por último, que de acuerdo con las previsiones del informe, el porcentaje de la población mundial que habla español se mantendrá estable hasta 2050 (7.8%). 

Según el mismo informe, México lidera el listado de países por número de hablantes (más de 120 millones), seguido por Colombia (más de 49 millones) y España (más de 46 millones). En los últimos lugares del listado se encuentran Puerto Rico, Uruguay y Guinea Ecuatorial (los primeros dos con más de 3 millones cada uno y el último con apenas 845 mil).

Tomando en consideración todos estos datos, el informe continúa desgranando cifras que, de entrada, resultan sumamente relevantes. Por ejemplo, que las zonas económicas en las que se habla español concentran el 6.4% del PIB mundial. O que el factor de la lengua en común multiplica por cuatro las exportaciones bilaterales entre países hispanohablantes. Por no mencionar una situación que debería ser evidente: que la lengua común crea un entorno propicio para el intercambio comercial sin la intermediación de la traducción o el intérprete, haciéndola más sencilla y directa.

En términos del uso y la presencia de las distintas lenguas en Internet y en las redes sociales, el español ocupa el tercer lugar como la lengua más usada. En este apartado, sin embargo, México sería el único país de habla hispana en el listado de los 20 países con más usuarios de Internet.

En lo que respecta a la ciencia y la cultura, el informe actualiza algunos datos de los que hay que tomar nota. Por ejemplo, que España es el mayor difusor de la ciencia en español, que España y Argentina se encuentran entre los 15 principales productores del libro a nivel mundial o que España es el tercer país exportador de libros del mundo (después del Reino Unido y Estados Unidos).


El español: cuestión de Estado


En términos generales, puede decirse que el informe del Instituto Cervantes es el marco teórico de la estrategia presentada por el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, el pasado 24 de enero.

Tomando como pretexto los umbrales de la conmemoración del V Centenario de la expedición trasatlántica de Magallanes-Elcano, el presidente del gobierno español presentó la iniciativa llamada "El español, lengua global", una iniciativa que no dudó en considerar de alta importancia y que incluso ha catalogado de "cuestión de Estado".

Que el idioma español sea una cuestión de Estado en España es algo que de ninguna manera sorprende si se toman en cuenta todos los precedentes que al día de hoy ya se encuentran sólidamente institucionalizados o establecidos. Ahí está la Real Academia de la Lengua Española, pero también el Instituto Cervantes, los premios Cervantes y el Reina Sofía, las empresas españolas con delegaciones en distintos países hispanoamericanos y el potentísimo sector industrial del libro. Todos ellos piezas imprescindibles y complementarias en el mosaico que constituye la lengua española y su promoción y divulgación en el exterior del país.

Como sea, la premisa esencial de la iniciativa del gobierno español es que la lengua española es un vehículo de cohesión y por lo tanto resulta conveniente estimularla reconociendo sus tres dimensiones más relevantes: el español como objeto de enseñanza, el español como soporte de contenidos y el español como mercado en el contexto de las (ya no tan) nuevas tecnologías.

Por todo lo anterior, "El español, lengua global" establece dos líneas de acción. La primera es el fomento de la cohesión y la vocación global del idioma mediante el intercambio académico, la defensa de la unidad desde los campos en los que el idioma es más relevante, la creación de una plataforma desde donde se divulgarán contenidos digitales y el impulso del turismo cultural. La segunda es, quizá, la que más repercusiones tiene: el reconocimiento explícito de un mercado con 570 millones de posibles consumidores.

"El español, lengua global" ha sido recibida con cierto escepticismo por parte del ciudadano común, en un país donde, según los índices más recientes del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), preocupan más el desempleo, la corrupción y los problemas de índole político. No obstante, la estrategia del Estado español puede interpretarse como una intención de regreso a la senda de la expansión económica y comercial fundada en la consideración de la lengua como uno de los activos más importantes del país. Así, si para el ciudadano de a pie se trata de una iniciativa que más bien pasa desapercibida, para los sectores industriales vinculados con el mercado iberoamericano deberían considerarse igualmente de alta prioridad.

Otro rasgo que genera dudas entre el ciudadano común es el bombo con el que esta estrategia se dio a conocer. Y, en realidad, no es para menos. De acuerdo con el presidente de gobierno español, una vez que se ha superado la crisis económica lo más conveniente es crecer nuevamente, apuntalando los mercados foráneos con los que el vínculo de la lengua es esencial.

No obstante, es importante indicar que la gran mayoría de las iniciativas planteadas por "El español, lengua global" ya estaban presentes en el esquema general diseñado por el Estado español desde principios de los años noventa, con la creación del Instituto Cervantes. Es más, en el último de los casos, la iniciativa del representante del Estado español revalora la importancia de una institución como el Instituto Cervantes, una oficina mermada por la crisis que en los últimos años le había quitado hasta un 38% de su presupuesto anual (por ejemplo, entre 2012 y 2013).

Presupuestos aparte, hay una cosa que no se puede dejar de reconocer y es la siguiente: con la presentación de su iniciativa, el Estado español retoma el liderazgo lingüístico en el ámbito iberoamericano. Y, como era de esperar, sigue siendo el único Estado capaz en el ámbito hispánico de ver las ventajas y los aciertos de una comunidad lingüística global.


México y la lengua española como factor estratégico


A pesar de que México ocupa el primer lugar por número de hablantes de español a nivel mundial, la relevancia que el Estado mexicano le proporciona al idioma como factor educativo y económico parece más bien insignificante si se compara con las iniciativas del Estado español.

Los datos saltan a la vista en cualquiera de los índices que resulte de importancia vital.

Por ejemplo, si la lengua es el factor esencial y universal del aprendizaje humano, algo no se está haciendo bien cuando en las estadísticas globales del Informe PISA México se encuentra por debajo del promedio de los países que conforman la OCDE en lo que a comprensión lectora se refiere.

De la misma manera, si se considera que México triplica la población de España, llama poderosamente la atención que a pesar de todo el país norteamericano publique menos de la mitad de novedades editoriales que el país ibérico. O, en esa misma línea, que México sea uno de los principales receptores de las novedades editoriales españolas mientras que, al mismo tiempo, representa solo el 16% del total de las importaciones del sector desde América, superado por Estados Unidos y seguido muy de cerca por Argentina.

En términos comerciales la lengua tampoco ha sido un factor de intercambio comercial natural ni mucho menos. Mientras en México BBVA, Santader, Iberdrola, Barceló, Mapfre y muchas otras empresas han logrado integrarse en el tejido comercial nacional, en España apenas puede apreciarse la presencia de empresas como Grupo Carso, Cemex, Grupo Modelo, Bimbo o ADO, muchas veces por los vínculos que los propios propietarios tienen con su ascendencia española y no tanto por una aventura comercial novedosa y pionera.

Como sea, queda claro que mientras en España la promoción de la lengua es un asunto de Estado y de interés nacional, en el resto de los países hispanoamericanos no pasa de ser un simple vehículo de comunicación cotidiana.

El caso de México es particularmente llamativo, entre otras razones porque siempre ha habido gestos de buenas intenciones desde la administración pública, aunque con pobres resultados. Un buen ejemplo de ello es el fallido (al día de hoy) Instituto Alfonso Reyes.

A finales de 2014, la Secretaría de Educación Pública (SEP) y la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) de México dieron a conocer la creación de un Instituto Alfonso Reyes. Este instituto se ocuparía prioritariamente de la enseñanza del español (en su variante mexicana) en países de gran interés para el país, como son Estados Unidos, Brasil y China.

La iniciativa, concebida por la Academia Mexicana de la Lengua y con director a cargo desde 2015, fue recibida discretamente por los medios de comunicación. Al día de hoy, sin embargo, parece encontrase en el limbo. Y, en el último de los casos, a pesar de sus buenas intenciones, el Instituto Alfonso Reyes habría sido diseñado con unos objetivos más bien limitados. A saber, enseñar la variante mexicana de la lengua española en ciertos países considerados estratégicos, sin proyectarla hacia otras regiones del hemisferio ni subrayar su potencial económico y, por lo tanto, estratégico.

No es de extrañar, pues, que el propio director de la Academia Mexicana de la Lengua, Jaime Labastida Ochoa, afirmara que "en México no se ve al español como en España: como un activo económico".

Como ocurre con otras tantas cosas en México, uno de sus mayores tesoros está condenado, por el momento, a jugar un papel muy secundario en el tablero de las iniciativas internacionales. A pesar, no obstante, de contar con todos los elementos necesarios para tomar la delantera.


viernes, 10 de marzo de 2017

"Un gran historiador", o la historia mexicana sin lágrimas

Un célebre youtuber acaba de publicar un libro "de historia" en México. El sector de los historiadores se revuelve...

En este tipo de asuntos, la clave se encuentra en la raíz del problema: la irrupción de las redes sociales y por lo tanto la proyección desde esos espacios de personas que saben usarlas a personas que las frecuentan.

Cuando surgió el canal de YouTube de Chumel Torres ("El pulso de la República"), lo primero que llamaba la atención era el desenfado de su discurso. Pero conforme se sucedían los episodios, cualquier persona que frecuentara periódicos y revistas se habría dado cuenta de que las "reflexiones" de Chumel y compañía no era otra cosa que el pastiche de una multitud de fuentes que nunca se citaban explícitamente (Proceso, Reforma, La Jornada...). Chumel Torres se fusilaba de manera inmisericorde el trabajo de los periodistas de verdad, aderezándolo todo con buenas dosis de chistes de clase media mexicana blanca y misoginia (por ejemplo, uno de sus chistes recurrentes era señalar que los egresados del CCH son unos semianalfabetos, sugiriendo como motivo el origen social de quienes han estudiado ahí. También le debemos la popularización del término "ayotzinapo", palabra con la que se designa, en términos despectivos, a quienes siguen de cerca las movilizaciones en repulsa de la desaparición masiva de estudiantes indígenas de Guerrero, al sur de México, en 2014, o el refuerzo del estereotipo de las mujeres mexicanas de clase media como débiles mentales).

En relación con el libro, debe quedar claro que indudablemente está dirigido a personas que de manera habitual no leerían un libro de divulgación histórica. Eso puede ser positivo. El margen de los de por sí pocos lectores no especializados podría ampliarse ligeramente.

Desde el lado negativo, sin embargo, hay tres problemas considerables.

El primero es que las redes sociales siguen poniendo a prueba el nivel educativo de los sectores que las frecuentan. Que los youtuber se erijan en líderes de opinión cuando es la vacuidad lo que los define demuestra el pésimo estado educativo de un país como México (mal de muchos... México no es la excepción, en realidad está pasando en todo el mundo).

El segundo problema involucra a las editoriales mexicanas, públicas y privadas. Todo parecería indicar que carecen de imaginación para generar libros divulgativos rigurosos pero accesibles y amenos y, además, llegar a un público cada vez más amplio. Es indudable que les vendría bien ver con más frecuencia escenarios como el argentino o el español, donde los libros de divulgación histórica alcanzan niveles realmente envidiables, escritos por personas que conocen su tema y además con un estilo no especializado ni erudito.

El tercer y último problema son los historiadores... ¿Por qué no están escribiendo libros de divulgación y qué esperan para apropiarse de las redes sociales?

Mientras esos tres "problemas" persistan, tendremos Chumeles para rato.





miércoles, 7 de diciembre de 2011

Las tribulaciones del lector que no lee

La culpa fue de un tal Jacobo G. García, corresponsal de El Mundo (España) en México, quien se encontraba cubriendo la edición más reciente de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara.

Después de la conferencia que, petulantes, habían llamado “Por un acuerdo nacional para impulsar el desarrollo”, el reportero disparó la pregunta: “en el marco de la Feria del Libro, ¿qué tres libros marcaron su vida personal y política?” Y la bala dio en el blanco, porque el blanco era Enrique Peña Nieto, el virtual ganador de unas elecciones presidenciales para las que aún falta más de medio año y el nombre mediante el cual el PRI regresaría a la administración del gobierno mexicano después de doce años de ausencia.

La pregunta parecía inocente y, por supuesto, predecible. Además, el candidato había derrochado elocuencia y seguridad. De su boca acababan de salir alabanzas en pro de la transición democrática que permitió el arribo del PAN a Los Pinos. También acababa de hablar de las obsesiones que marcarán su campaña: combatir la pobreza, mejorar la seguridad pública, fomentar el crecimiento económico para generar empleos… En fin, la sarta de lugares comunes y buenas intenciones que son habituales en vísperas de elecciones presidenciales.

“Su tono era convincente y sin interrupciones” –dice García, en la nota que originó este incidente-, "cualquiera que estuviera sentado en la fila tres de la Feria del Libro de Guadalajara (FIL), se sentiría como un enano ante aquel hombre engominado de 45 años que reparte gestos y miradas convincentes.” Pero al final, en el espacio dedicado a las preguntas de los periodistas, se derrumbó…

No es difícil imaginarse la escena. Había guión para todo pero menos para esto. Inexplicable. Algunos reporteros hablan de confusión en los títulos y en los autores; otros señalan que conforme transcurrían los segundos, la angustia de Peña Nieto y las risotadas de algunos de los presentes se incrementaban al unísono; otros más, los socarrones, subrayan que afirmó haber leído algunas partes de la Biblia y que no recordaba ni siquiera el título de su propio libro, presentado en la Feria algunos días antes.

En suma, la hilaridad. Una hilaridad que llegó a las redes sociales y que en cuestión de horas y unos cuantos días ha generado las declaraciones más ingeniosas de los últimos días en aquel país. Por supuesto, este sarcasmo mordaz tuvo un episodio adicional: en medio del pitorreo general, la hija del candidato dejó caer una ininteligible joya en su cuenta de Twitter. En términos generales, enviaba saludos a los “pendejos” “prole[tarios]” que criticaron a su padre por “envidia”. Y tras esto, una compungida declaración de Peña Nieto, a través del mismo canal: “Hablé con mis hijos sobre el valor del respeto y la tolerancia…” etcétera.

La exhibición del analfabetismo funcional entre los políticos mexicanos es un deporte que se practica con entusiasmo desde la transición democrática tan alabada por Peña Nieto. Sus dislates han traído a colación las anécdotas más chispeantes de personajes como Vicente Fox, Marta Sahagún (la mujer de Fox) e incluso la actual pre candidata del PAN a la presidencia, Josefina Vázquez Mota.

El mejor, sin duda, ha sido Fox, quien demostró su agudeza borgesiana al inventar a un escritor que habría vivido en Buenos Aires y habría escrito libros como El Aleph y El libro de arena, pero en lugar de llamarse Jorge Luis Borges sería José Luis Borgues. También asombró al respetable cuando presupuso que el escritor “colombiano” Mario Vargas Llosa era un premio Nobel de literatura, como José Luis Borgues o Borges o como se escriba / se pronuncie. El único detalle era que transcurría enero de 2007, y que, como todos sabemos, a Borgues, Borges o como sea, nunca le dieron el Nobel, amén de que Vargas Llosa es peruano nacionalizado español.

Es probable que la incapacidad de Enrique Peña Nieto para hilar dos o tres autores de manera coherente no justifique la reacción que ha habido. La cultura literaria no caracteriza a muchos de los personajes que aspiran a dirigir los destinos de los ciudadanos en distintas partes del mundo. En el México de los últimos años, muchos políticos son unos analfabetas funcionales que suelen jactarse, al contrario de lo que ocurría con Borges, de los libros que no han leído ni escrito. Hasta hace poco, antes de la popularización de las redes sociales, la impúdica exhibición de su incultura podía pasar desapercibida o servir como comidilla en los círculos medianamente cultos. Pero para el resto del electorado, un electorado que en promedio lee menos de un libro al año y que a veces tiene preocupaciones más apremiantes, se trataba de situaciones más bien intrascendentes.

Nada ha cambiado. De hecho, un articulista de la revista Nexos especula que antes que restarle popularidad, la incultura literaria de Peña Nieto y los ataques que motiva reforzarán la simpatía de su electorado, quienes mediante un mecanismo de solidaridad emocional se opondrán a la horda de mexicanos cultos que, de pronto, abundan de manera inexplicable.

Pero si la ausencia de lecturas en un protagonista de la política mexicana es la forma, el fondo es aún más elocuente. Y en ese fondo pueden apreciarse dos taras de la sociedad mexicana. La primera es su capacidad de escarnio, que en este caso se ceba en un político que no lee y que probablemente tampoco escriba lo que publica. Resulta evidente que la lectura debe ser un bien cultural y educativo sumamente apreciado en cualquier sociedad occidental, pero que este tema cause revuelo en un país con un elevado analfabetismo funcional causa cierta suspicacia. ¿Realmente indigna que Peña Nieto no lea, o se trata de otra cosa? Digamos, un odio proveniente de otros factores no necesariamente vinculados con la cultura. La segunda tara es la opinión de los hijos de los empleados públicos. El problema en sí no es que tengan una opinión, sino que sus opiniones estén basadas en prejuicios sociales. En prejuicios que con toda seguridad se adquieren en los entornos más inmediatos: la familia, la escuela, los círculos de amistad. En México, para seguir con la tradición, cada quien se junta con su cada cual, y la imagen de una sirvienta conviviendo con la "señora" para la que trabaja es tan inverosímil como que Peña Nieto haya leído a Homero.

Ni en un caso ni en otro se trata de la ausencia de factores como el respeto o la tolerancia, sino de dos problemas más graves: el resentimiento y el desprecio social. En un país como México resulta difícil no sentirse agraviado por los privilegios de los que goza un servidor público, y si se es un servidor público resulta difícil no despreciar al ciudadano, aunque sea el que sostiene su vida de privilegios.

domingo, 25 de enero de 2009

Historias (mexicanas) para no dormir

Dicen que se llama Santiago Meza López, que es originario de Sinaloa, al noroeste de México, y que tiene 45 años. Dicen también que el día que lo detuvieron, un jueves más bien anodino, viajaba acompañado de tres personas (una de ellas menor de edad) en la carretera Ensenada-Tijuana, en el estado de Baja California Norte. En la caravana (es decir, en las cuatro camionetas en las que se distribuían Santiago Meza y sus acompañantes) encontraron un fusil Barrett M82 .50, dos granadas de mano, 11 cargadores con cartuchos de distintos calibres y chalecos antibalas (dicen que por si las dudas).

Dicen que Santiago Meza López, alias “El Chago”, trabajaba hasta ese jueves para Teodoro García Simental, “El Teo”, un lugarteniente de los hermanos Arellano Félix que en abril de 2008 decidió que el negocio o, por lo menos, lo que a él le correspondía, lo llevaría él solito. Los hermanos Arellano Félix (vale la pena el apunte biográfico) son diez cándidos consanguíneos que constituyen el Cártel de Tijuana, una organización criminal que en los últimos años libra una guerra no sólo contra los cárteles con los que se disputa el tráfico de drogas a los Estados Unidos, sino también, y sobre todo, contra el Estado mexicano. Entre sus hazañas más sonadas está el atentado, fallido, contra el periodista mexicano Jesús Blancornelas el 27 de noviembre de 1997. Blancornelas, uno de los pocos impertinentes que ha habido en ese país, tuvo la ocurrencia de inmiscuirse en las actividades del hampa narcotraficante y averiguar cuál es la relación entre ésta y el poder político. Por supuesto, la hybris estuvo a punto de costarle cara.

La detención de Santiago Meza el pasado jueves habría pasado desapercibida si no fuera por su extraño oficio. Entre otras cosas, porque lo suyo era deshacer cadáveres en sosa cáustica para dejar claro qué es lo que le puede pasar a todos aquellos que se crucen en el camino del buen Teodoro García. No es de extrañar que precisamente por ese motivo la prensa mexicana, tan propensa a las noticias edificantes, le pusiera el siguiente mote: “El pozolero del Teo”. Es decir, aquél que se vale de una sustancia caldosa y añade, para gusto de los refinados gourmets, una importante porción de seres humanos que deja macerar durante 24 horas hasta que sólo quedan algunos restos óseos y jirones de carne.

Al terminar de leer noticias de este tipo me viene a la cabeza una frasecita de esas (tan chispeantes) que siempre han caracterizado a ciertos gobiernos mexicanos. No me refiero, por supuesto, al “arriba y adelante” ni a la “solidaridad” o al “bienestar para la familia”, sino a otra más sencilla. Desde luego, se trata de una frase llana, graciosa y hasta fácil de recordar. Un estandarte verbal que ha pasado a formar parte del habla cotidiana y que suele mencionarse en los triunfos de nuestro país, generalmente pírricos: “orgullosamente mexicano”.



jueves, 18 de septiembre de 2008

México sangra


Caricatura de Hernández. La Jornada, México, 17/09/08

México libra una lucha encarnizada contra el narcotráfico. Lamentablemente, la oleada de violencia impactó en la sociedad civil. Sin ir más lejos, la noche del 15 al 16 de septiembre murieron siete personas en Michoacán al estallar dos granadas de fragmentación mientras se celebraba la fiesta de la Independencia. Hernández, uno de los caricaturistas más agudos en el panorama del periodismo mexicano, acierta en su interpretación: México sangra. México es otra de las víctimas mortales.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Consulado de México en Madrid. 12:30 hrs.


Fulana (con voz gangosa):Ya no deben quedar güey.

Zutano (ídem): No mames, ¡si somos un-chin-gooo! Gira suavemente sobre su eje y con la mirada señala a los que lo precedemos en la fila. Uno de sus pies, el derecho, queda grácilmente apoyado contra la pantorrilla del izquierdo.

Mengano, acompañante de los anteriores, sonríe beatíficamente cuando la escuálida señorita le pregunta que si quiere dos invitaciones (la notificación consular dice “dos invitaciones por persona”) y acto seguido sale a la calle a esperar a sus amigos. Cuando pasa a mi lado puedo leer en su camiseta una palabra que debe de llenar de orgullo a todos los mexicanos: Bimbo.

Enfrente de mí se arremolinan tres muchachas. Siempre con la misma modulación y tonos de voz que los anteriores, alcanzo a escuchar que hablan de cartas de invitación, de retensiones en el aeropuerto, de verificación de cuentas bancarias y de seguros médicos. Son bonitas y huelen bien; están relucientes y frescas como lechugas. ¿Universidades? Ah, sí, cómo no, la Pontificia, la de Salamanca, la Comillas...

Atrás de mí comienza a aglutinarse la gente; la fila serpentea en una pequeña habitación (mitad recepción, mitad oficina) y esquiva sillones, una mesa de centro y llega hasta el mostrador principal. Cualquiera que entre en ese momento tendrá una instantánea sensación de sofoco y se dará cuenta de que en ese lugar no hay demasiado oxígeno para todos.

De pronto, sin previo aviso, una señora con aspecto de muy pocos amigos y que recuerda, aunque sea sólo en actitud, a María Félix, grita a voces (que así dicen por aquí): ¡La fila afuera, la fila afuera! Acto seguido abre las puertas de par en par y, como si ventilara un garito apestoso, mueve las manos para que los distraídos de la fila salgan a la calle, ahí, expuestos al transeúnte que seguramente se pregunta qué es lo que regalan en el Consulado mexicano un jueves al mediodía.

Como debía ser (¿como debía ser?), la señorita que reparte las invitaciones está casi escondida en una esquina y entre las manos baraja un listado interminable de mexicanos deseosos de tomarse una copa con el excelentísimo embajador de México en España, Jorge Zermeño. Sí, señor, sí, el mismísimo ex diputado panista que, entre otras lindezas, llegó a afirmar que en México era necesario gravar los alimentos y las medicinas, y que lo del 2006, ya se sabe, nada de fraude.

La señorita me pide el pasaporte, anota mi nombre y el número de serie con letra bonita y chiquita y, tan pronto tengo las famosas invitaciones, salgo a tomar un poco de aire fresco.

Ante la mirada impasible de los leones del Congreso de los Diputados, camino hacia la rotonda donde me espera Neptuno y, acariciando suavemente las invitaciones a la celebración del aniversario de la Independencia mexicana, me repito una y otra vez: ¡Ah, cuánto extrañaba a los mexicanos!