viernes, 10 de agosto de 2007

Las lagunas y el Libro


Debo confesarlo porque el hecho me atenaza la garganta. Nunca he leído la Biblia. Quiero decir: a diferencia de lo que todos hemos hecho alguna vez con El Quijote, o La Ilíada, o el Ulysses, nunca he llegado a casa agotado del trabajo (en este país soy redactor de cierto material ínfimo cuando se puede y camarero los fines de semana) y me he dicho a mí mismo, mientras suena como música de fondo algún nocturno de Chopin o algo que se parezca, “voy a leer la Biblia de un tirón”. Y tampoco me he dicho, por lo menos, “veamos dónde me quedé... Mhhhhh”, mientras saco la lengua con parsimonia y busco con paciencia un separador o el clásico listoncito que suelen traer estos objetos que llamamos libros.

El motivo actual de esta gran laguna es explicable en parte: desde que estoy obsesionado con leer sólo obras completas no me queda demasiado tiempo para pensar en una lectura que comience con el Génesis y acabe con el Apocalipsis. Incluso suena a blasfemia, pero antes de abrir las páginas del Libro de libros me doy cuenta de que no hago como muchos de los escritores a los que admiro. Es decir, no leo un clásico, un contemporáneo y además no escribo. Así que si pongo en un lado de la balanza la lectura del libro paradigmático de la cultura occidental y del otro, pongamos por caso, Shakespeare, la literatura española y los periódicos que me interesan, al final sale ganando la última opción. Para tranquilidad del respetable, sin embargo, debo decir en mi favor que no soy tan superficial como parece. También tengo una deformación profesional. Consiste en no leer la Biblia mientras no caiga en mis manos una edición fundamental; una de esas ediciones que además de compulsar las mejores versiones y reunir a un grupo selecto de filólogos e historiadores, proporcione una bibliografía riquísima, actualizada y, si me apuran un poco, definitiva. Ignoro si existe en nuestro idioma algo parecido, pero hasta el momento no he tenido el agrado de encontrarlo.

Como sea, esta confesión no es del todo gratuita. Hace algunos días, en las paradisíacas playas gaditanas, me di cuenta de dos verdades como un monumento. La primera de ellas es que Harold Bloom (y muchos ensayistas de su calaña) quiso aprovecharse de mi candidez en relación con la Biblia -y con algunos otros autores-, para decirme en qué consiste la sabiduría. Lo único que logró fue recordarme que hay que leer la Biblia de primera mano, sin intermediarios como el propio Bloom. Lo segundo que aprendí (¿recordé?) es que la Biblia, debido a su trascendencia en Occidente, es un libro que constantemente estamos leyendo y releyendo, de atrás para adelante y viceversa. No importa quiénes escriban, o qué, o ubicado en qué momento. Si la teoría de la literatura es una paráfrasis de Aristóteles, podemos afirmar que muchos de los dramas del hombre, una vez que están en el libro, son a su vez una paráfrasis de la Biblia.

Es verdad, no he leído este libro íntegramente, pero cada vez que leo alguna otra cosa hay algo de él que llega a mis oídos. Ejemplos, sobran. Que cada quién ponga los suyos.

4 comentarios:

laszlo dijo...

Está bastante bien tu blog. Saludos

Un lector de la Biblia dijo...

Amigo, estoy encantado de darte algún consejo.

1. Buenas ediciones de la Biblia, en nuestra lengua castellana: la del P. Luís Alonso Schökel SJ, "Biblia del Peregrino" (ed. Mensajero), y la de la "Casa de la Biblia". Ambas son muy rigurosas (desde un punto de vista filológico), traducción directa de las lenguas originales.

2. La Biblia no puede leerse "de seguido", como se lee una novela, aunque tenga episodios novelescos (p.ej. la historia de José y sus hermanos, en el libro del Génesis; o los dos libros de Samuel). Es un conjunto heterogéneo de libros, más cerca de la literatura poética y sapiencial. Hace falta estar en un determinado tono para leer la Biblia tal cual (posiblemente un tono religioso, o de piedad).

3. Los Evangelios son nuestro gran fondo de sabiduría. Hay que leerlos con espíritu sencillo, casi haciéndonos niños. La gente orgullosa o altanera no puede con los Evangelio (eso creo que dice mucho de esta lectura).

4. De paso te recomiendo la lectura de las "Confesiones" de San Agustín, para que conozca sus opiniones sobre la Biblia y los Evangelios (más en concreto) antes de convertirse al cristianismo.

Un abrazo y felicidades por tu blog.

José Carlos Morales dijo...

Estimado lector de la Biblia:

Agradezco tus consejos sobre las ediciones en castellano de la Biblia y los métodos de lectura para acercarse a ella. Como dice El Zohar, las palabras no (nunca) caen en el vacío.

Monterroso escribió en algún lugar, en parte con sorna, en parte con humildad, que cuando era joven y se enteraba de que algún escritor al que admiraba no había leído algún libro fundamental (pongamos por caso los ensayos de Montaigne), dicho escritor caía automáticamente de su consideración. Yo, que escribo para mis amigos y algún otro curioso, podría hacerme de un poco de cinismo y decir: "hace un rato que no releo la Biblia", pero el interés y el respeto superticioso que esta obra me despierta me obliga a decir (a decirme) "aún no he leído la Biblia". Aunque el Evangelio de San Mateo sea uno de mis favoritos y aunque Rilke me conduzca a El Libro de Ruth siempre que leo aquel poema suyo.

Como sea, gracias nuevamente por los consejos.

Un abrazo de regreso

Anónimo dijo...

Querido Hermano, sobre tu pregunta acerca de las sagradas escrituras, quiero comentarte que yo prefiero la BIBLIA DE JERUSALEM BOLSILLO, VARIOS, EDITORIAL DESCLEE DE BROUWER. Creo que es una versión que logra salvar lo poético y es exacta en muchas metáforas. La he comparada con otras y hay cosas que respeta (nombres de dioses paganos) que las demás no. Porque es curioso, muchos críticos han señalado que La Biblia contiene la esencia de (casi) toda la literatura occidental, sin embargo las traducciones liman ese destello por ignorancia o impotencia. De tal suerte que si alguien asegura que hay poesía en la Biblia tendría que saber que la mayoría de las traducciones están privadas de cualquier estética en su lenguaje; por no mencionar aquellas que tergiversan sentidos y parábolas. En fin, así está esto. En efecto, mi querido hermano, la Biblia es un libro de referencia, pero sobre todo de deleite y -sin poder evitar caer en el lugar común- reflección.
Atte. Héctor Iván