domingo, 25 de enero de 2009

Historias (mexicanas) para no dormir

Dicen que se llama Santiago Meza López, que es originario de Sinaloa, al noroeste de México, y que tiene 45 años. Dicen también que el día que lo detuvieron, un jueves más bien anodino, viajaba acompañado de tres personas (una de ellas menor de edad) en la carretera Ensenada-Tijuana, en el estado de Baja California Norte. En la caravana (es decir, en las cuatro camionetas en las que se distribuían Santiago Meza y sus acompañantes) encontraron un fusil Barrett M82 .50, dos granadas de mano, 11 cargadores con cartuchos de distintos calibres y chalecos antibalas (dicen que por si las dudas).

Dicen que Santiago Meza López, alias “El Chago”, trabajaba hasta ese jueves para Teodoro García Simental, “El Teo”, un lugarteniente de los hermanos Arellano Félix que en abril de 2008 decidió que el negocio o, por lo menos, lo que a él le correspondía, lo llevaría él solito. Los hermanos Arellano Félix (vale la pena el apunte biográfico) son diez cándidos consanguíneos que constituyen el Cártel de Tijuana, una organización criminal que en los últimos años libra una guerra no sólo contra los cárteles con los que se disputa el tráfico de drogas a los Estados Unidos, sino también, y sobre todo, contra el Estado mexicano. Entre sus hazañas más sonadas está el atentado, fallido, contra el periodista mexicano Jesús Blancornelas el 27 de noviembre de 1997. Blancornelas, uno de los pocos impertinentes que ha habido en ese país, tuvo la ocurrencia de inmiscuirse en las actividades del hampa narcotraficante y averiguar cuál es la relación entre ésta y el poder político. Por supuesto, la hybris estuvo a punto de costarle cara.

La detención de Santiago Meza el pasado jueves habría pasado desapercibida si no fuera por su extraño oficio. Entre otras cosas, porque lo suyo era deshacer cadáveres en sosa cáustica para dejar claro qué es lo que le puede pasar a todos aquellos que se crucen en el camino del buen Teodoro García. No es de extrañar que precisamente por ese motivo la prensa mexicana, tan propensa a las noticias edificantes, le pusiera el siguiente mote: “El pozolero del Teo”. Es decir, aquél que se vale de una sustancia caldosa y añade, para gusto de los refinados gourmets, una importante porción de seres humanos que deja macerar durante 24 horas hasta que sólo quedan algunos restos óseos y jirones de carne.

Al terminar de leer noticias de este tipo me viene a la cabeza una frasecita de esas (tan chispeantes) que siempre han caracterizado a ciertos gobiernos mexicanos. No me refiero, por supuesto, al “arriba y adelante” ni a la “solidaridad” o al “bienestar para la familia”, sino a otra más sencilla. Desde luego, se trata de una frase llana, graciosa y hasta fácil de recordar. Un estandarte verbal que ha pasado a formar parte del habla cotidiana y que suele mencionarse en los triunfos de nuestro país, generalmente pírricos: “orgullosamente mexicano”.



2 comentarios:

Mixha dijo...

Muy buena entrada, no encontré navegando, con tu blog me enteraré de muchas cosas que pasan por tu país, no soy mexicana pero me pareció muy intereante. Tu historia es totalmente real, disculpa si no tengo conocimiento pero a veces la realidad supoera la ficción, interesante, volveré, saludos

José Carlos Morales dijo...

Gracias, Mixha, por el comentario. Será un honor tenerte de regreso.
Saludos desde Madrid.