lunes, 15 de septiembre de 2008

Paul Auster, un cineasta aficionado


La intensa relación que existe entre la literatura y el cine es de sobra conocida y, la mayoría de las veces, ha producido resultados más que gratificantes.


Es verdad que, por lo general, la fuerza creativa en este tándem procede fundamentalmente de la literatura, pues es en ella, en los libros, donde se fraguan los personajes y las situaciones que más tarde un equipo encabezado por el director llevará a la pantalla, dándole a esos personajes y a esas situaciones rostros concretos, ángulos fotográficos, iluminaciones, escenarios, etcétera. No resulta inusual, sin embargo, encontrar casos en los que esa fuerza creativa procede de la propia versión fílmica, ya sea mejorando con creces un argumento que en el libro era una simple sombra o incluso incitando su producción escrita.

Lo que sí es verdaderamente extraño es que en una obra cinematográfica se conjuguen de manera afortunada dos aptitudes que, en principio, parecerían excluirse mutuamente. Me refiero, por supuesto, a que un escritor no sólo logre hacer un buen guión sino que incluso logre hacer con él una película solvente, donde se exploten hasta donde sea posible los códigos más elementales del llamado séptimo arte. Creo que un recuento de buenos resultados en este caso es más bien desolador y, con sinceridad, fuera de Jean Cocteau, no logro encontrar otro ejemplo. Quiero decir, otro ejemplo de literatura y cine en perfecta simbiosis, porque ejemplos de lo contrario, sobran.

Uno de ellos es la segunda película de Paul Auster, La vida interior de Martin Frost (2007), un filme bastante esperado y que desde su estreno ha decepcionado a más de un lector aficionado a las ficciones del escritor de New Jersey. El motivo, lamentablemente, es más de uno: la dirección, la verosimilitud de una parte del argumento una vez que se traslada a las imágenes, la edición… Pero en el fondo, simple y llanamente, la incapacidad de darle cuerpo a un argumento que pudo haber proporcionado un buen resultado si se hubiera quedado en el papel y el director no hubiera intentado hacer “una comedia ‘haikú’ de amor con algo de misterio”, como rezaba un entusiasta reportaje de El país a mediados de 2006.

Si Auster hubiera resistido la tentación fílmica, lo más probable es que el lector tendría un libro medianamente interesante, en el que (para variar) un célebre escritor decide retirarse a la casa de campo de un amigo, donde es visitado por una mujer que, a la postre, se revela como una musa inspiradora de la que (para seguir variando) se enamora. Lo valioso, no obstante, se encontraría en los detalles, aquellos que hacen digerible la película y que revelan una amplia inventiva. Por ejemplo, la reflexión sobre el carácter y las necesidades del escritor neurótico; el misterioso origen de la mujer cuya tarea no es otra que servir de musa a cuyo artista le consignen, sea pintor o escritor; la “organización” que se encarga de enviar a dichas musas y que ante el inesperado romance de su enviada entra en crisis, etcétera.

No me cabe ninguna duda de que es esa imposibilidad parcial de llevar al cine un argumento la responsable de que el espectador perciba una película que se divide en dos partes.

La primera de ellas es la francamente inverosímil, aquella en la que una mujer desconocida amanece en la cama de un hombre por definición desconfiado capaz, sin embargo, de dejarse convencer de que es una amiga de los propietarios de la casa. También aquella parte en la que el escritor no averigua la verdadera procedencia de su acompañante cuando, tras hablar con sus amigos, descubre que ha mentido para infiltrarse en su vida o, todavía peor, aquella en la que el mismo escritor es capaz de dejar agonizando a una mujer febril que no se cansa de repetirle “escribe, escribe”.

La segunda parte, la más afortunada, es en donde se abren las puertas de lo fascinante, de lo onírico y del humor. Rasgos que se echan de menos desde el principio y que logran solidificar sólo un poco una película que inevitablemente queda en lo mediocre.

Sin duda hay varias cosas que lamentar en esta película fallida. Lo primero es, desde luego, el argumento de la historia. Es verdad que la musa inspiradora no resulta una idea verdaderamente novedosa en la literatura ni en el cine, pero atrás de esa propuesta se alcanza a vislumbrar un potencial que puede explotarse de manera más afortunada. Lo segundo, claro, la facilidad con la que puede derrocharse una música como la del propio Laurent Petitgand, un músico francés que ha participado en las bandas sonoras de algunas notables películas de Win Wenders (Tokyo-Ga, Las alas del deseo, Tan lejos, tan cerca). Lo tercero, y aquello por lo que de verdad no podré perdonar a Paul Auster, es el infame papel que otorga a Irène Jacob. No sólo la hace parecer una actriz principiante sino que con ella crea, además, un personaje remilgado, cursi e incoherente. Cuesta trabajo reconocer en ella a la actriz de La doble vida de Verónica o Tres colores: Rojo. Estoy seguro de que si Krzysztof Kieślowski reviviera lo haría únicamente para volver a morir.




Trailer de La vida interior de Martin Frost (2007), de Paul Auster

3 comentarios:

Héctor Iván dijo...

Querido José,
Qué bueno verte de nuevo en las andadas. Sobre Auster, hay que recordar que el lenguaje narrativo de sus filmes bien se presta para el cine. Pienso en "El Cielo protector", donde una pareja viaja al Maghreb para hacer un viaje sin ningún objetivo apararente, salvo le escape. No obstante, en ese caso en particular, creo que en el film se pierden las mieles narrativas de Auster pues no rescatan el fenómeno verbal que es exclusivo de la literatura. Sobre Thewlis, qué gran actor, qué amplitud de registro. Lo he visto actuar en películas más bien triviales, como "Harry Potter III", y en joyitas como sería "Total eclipse", donde interpreta al conspicuo Paul Verlaine. La última escena de ese film, donde Verlaine -gracias al ajenjo- empieza a soñar despierto con un Rimbaud caminando por las dunas de África es más que conmovedora.
Te abrazo y te sigo leyendo.

José Carlos Morales dijo...

Gracias por el comentario, Héctor.

Estoy completamente de acuerdo contigo cuando afirmas que el fenómeno verbal es un código sencillamente intransferible a las imágenes. El problema en la película de Auster no es sólo ese. Auster no sólo no logra trasladar lo literario al cine sino que incluso pervierte los códigos más elementales de éste.

Lo lamento porque es un argumento que puede dar bastante juego, no por otra cosa.

Hablas de El cielo protector, pero yo no me refiero tanto a adaptaciones de novelas como a verdaderas manifestaciones del escritor que quiere expresarse en el cine. Sería interesante tirar del hilo a partir de Cocteau, ¿no? Ahora mismo pienso en Pasolini. Llevo dos.

En cuanto a Thewlis, callo. Me quedo con un Verlaine más bien beodo.

Héctor Iván dijo...

Sobre el trasunto del cine a los libros, yo pienso más en Fellini; en él encuentro un verdadero enigma, ¿quién es Marcello en "La dolce vita". Se supone que, según las palabras de su amigo Steiner, Marcello ha comenzado a escribir una novela, tiene dotes de escritor pero, aparentemente, están siendo deborados por el trabajo en los medios. Por el mundo del paparazzo. Fellini crea un personaje parecido a muchos de nuestros amigos, quienes nos plantean las incógnitas, ¿es qué llegará a escribir realmente o quedará en el intento? ¿realmente escribirá lo que nosotros creemos que puede escribir? ¿Habías visto tú, en cine, el dilema que está latente en tantas novelas de una manera tan clara? ¿No crees que ahí sucede un verdadero trasunto de los recursos literarios a los cinematográficos? Una vez escuchaba hablar a un empedernido admirador de Passolini, decía que su Medea era "casi casi la tragedia", tragedia escrita, by the way.
Yo no estoy del todo de acuerdo con él, creo que son dos medios que muy pocas veces han podido empatar. Pienso en un principio de equivalencia A es B cuando B es A. Con lo cual quiero decir, si un libro se puede pasar tal cual al cine, una película se puede pasar tal cual a un libro, lo cual -a fe mía- no es así. Creo que es este apetito -a veces sin medida- de querer meter todo a la pantalla el que no nos permite ver ciertas proporciones. Por ejemplo, el sueño no se ha podido pasar a la pantalla honrosamente, especialmente porque el sueño no desaparece con la vigilia. El sueño siempre está ahí, es más fuerte que la luz del sol; uno puede tener los ojos abieros, deambular por las calles, y el sueño, como en un estado compacto, siendo apenas un putno, está ahí como la más concreta de las realidades. Creo, y con esto acabo, que cada medio debe de tener el atributo de "hablar de sí mismo", los libros de la escritura o la inescritura, el cine de la negación o posibilidad del cine (ahí tienes "8 1/2") y este elemento casi es inviable al intercambiar los recursos. Deja de ser écfrasis cuando abandonas el medio. ¿Tú qué piensas?